Mi dulce musa


Aquella tarde fría palidecía incomprensiblemente con el paso de las horas, la estación de primavera era de todo menos acogedora, fría y soleada a la vez. El sonido de los coches ir y venir me sacaba de mi letargo soñoliento esperándola llegar, intentaba sintonizar algo dentro de aquella antigualla en forma de Capri, había pensando en repararlo muchas veces, pero la falta de dinero y de entusiasmo en los últimos años habían pasado un par de facturas a ese hermoso coche, que ahora no es más que una leyenda esperando a ser salvada.

Sonó la campana y mis instintos se encendieron, todo bien, algo de sueño aun, la espera ha sido larga pero compensa todo al verla salir. Varias maletas, una caja vieja y un par de bolsas, además de otro de sus innumerables bolsos, tanta cantidad de ellos hacían que el siguiente me pareciera más feo aun que su predecesor, pero nada importaba en ese momento, mi lady drama estaba conmigo, después de tantos meses regresó, el miedo se había ido.

Condujimos el cacharro hasta encontrar un sitio donde comer, no era el típico bar de carretera, la estampa hubiera sido aun mejor, su rubia melena que acompañaba sus ojos, estilo de facto delafé y sus flores, los cuales guardaban el mismo brillo especial de otras veces, ese que vi el primer día que nos conocimos. Ella comía, daba gusto verla, tras varias horas en camino su estomago se lo pedía. Fue su comida más rara me dijo, ya que eran casi las seis y el sol ya empezaba a caer en esa tarde del frio invierno.

Una vez desmaletado el coche subimos a su casa, se notaba la ausencia de vida en ella. La puerta seguía igual de rebelde, justo como la recordaba, y el frio nos caló los huesos nada más entrar en ella. “Encendamos la calefacción” decía ella, no tan acostumbrada a esas temperaturas. La casa parecía de una película de miedo, toda a oscuras, y el suelo resonando bajo nuestros pasos. Subimos las persianas y la luz tenue de la última hora de la tarde se abrió paso, como el sol cuando corre por el campo en la mañana. Las motas del polvo acumulado hacia líneas del sol, mientras que ella las alborotaba,  reflejando en su cara los rayos, en sus ojos, hacia que todo tuviera sentido, incluso la espera.

No podía parar de mirarla, quería abrazarla, besarla. Me acerque a ella y como si esas hileras de sol hicieran de puente, nuestros cuerpos temblaron eléctricos en el horizonte mínimo que separaba nuestros cuerpos, sentí poder atravesar el fuego con ella, lo atravesé y sobreviví.

La mañana se alzo en su pequeña habitación, tras aquella tarde y aquella noche podía haber estado años durmiendo, pero el dolor de cabeza no me dejaba vivir dentro de mi. Ella dormía, ¿Soñara conmigo?, ¿Sobreviviremos juntos a este mundo caótico?…

No es demasiado tarde, no.

Publicado el 1 febrero 2010 en amistad, amor, ciudad, historias, relatos, robin thicke, sexo. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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